1989-2001: Viaje a Europa
La caída del muro de Berlín fue un broche dorado para el turbulento siglo XX. Durante esta era, el mundo vivió una época de paz, progreso y esperanza, con Europa convertida en el símbolo de la globalización y la democracia liberal. El ataque a las Torres Gemelas rompió el espejismo.

El terrible siglo XX esperó a su última década para salvar las apariencias. Fue una despedida brillante pero también una engañosa corrección de su trayectoria. Entre la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 y el hundimiento de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, la centuria vivió un periodo excepcional, quizás el más pacífico y esperanzador de la historia. Algunos creyeron ver la aurora de un tiempo nuevo de paz, libertad y progreso, pero atisbado desde los actuales tiempos oscuros nada culminó. Fue solo un paréntesis que albergaba en su seno las semillas de los horrores del siglo XXI.
Las frías cifras hablan por sí solas sobre la sólida superficie material en la que se asentaba. El PIB mundial aumentó en un 45%. La pobreza se redujo en un 22%. Disminuyeron a la mitad las víctimas de las guerras. Unos 200 millones de personas salieron de la pobreza extrema y otros 300 se incorporaron a las clases medias, en un mundo que galopaba desde los 5.260 millones de habitantes iniciales a los 6.150 con que se inició el nuevo siglo.
Fue la década de Europa, una vez desaparecido el telón de acero que la había dividido. Con el Tratado de Maastricht empezó el gran salto del mercado único en dirección al euro, con el objetivo rozando la utopía de una Europa unida. Se ensancharon los límites de la Unión Europea, de nueve países hasta los 27 actuales. Con una cierta anticipación se abrieron también las puertas de la Alianza Atlántica, que fue admitiendo los países del antiguo bloque comunista. Empezaba la globalización y nadie como los europeos empujaron tanto en las libertades de circulación de personas, mercancías, capitales y servicios en una marcha que parecía inexorable y sin límites.
Nunca antes el mundo vio tan próxima la idea kantiana de la paz perpetua. Se expandían las democracias liberales. La diplomacia y el derecho internacional se instalaron en el corazón de las relaciones y los pueblos y naciones estrecharon la cooperación multilateral. Como vanguardia de esta maduración de la historia, la UE anticipaba la increíble idea de un mundo gobernado, progresando hacia la democracia, una vez descartada la guerra como sistema de resolución de los conflictos.
Era el fin de la historia, entendida como culminación del modelo de democracia liberal, única alternativa al recientemente desaparecido sistema comunista, tal como describía la época Francis Fukuyama. También el aplanamiento del mundo, unificado y uniformado por la globalización económica y tecnológica, en la visión del periodista Thomas Friedman. O el descubrimiento de la bondad creciente, si no inherente, de la naturaleza humana, en la explicación antropológica del psicólogo Steven Pinker sobre la radical disminución de la violencia.
Indicios había que abonaban tales promesas. Terminó la carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética, antes incluso de que esta desapareciera. Disminuyó drásticamente el número de cabezas nucleares con las que las dos superpotencias mantenían la locura de la destrucción mutua asegurada. Nunca tantos tratados entre Washington y Moscú, todos decaídos a fecha de hoy, han blindado la paz en el mundo como en aquella década extraordinaria.
Hubo guerras, naturalmente. ¿Cuándo no las ha habido? Pero EE UU, y su presidente Bush, el padre, libró una y victoriosa para echar a Sadam Husein, el dictador de Irak, del emirato vecino de Kuwait que había invadido. Restauró la legalidad internacional, sin oposición de Pekín ni de Moscú y con los parabienes de Naciones Unidas. Luego anunció el advenimiento de una era más libre, justa y pacífica, exactamente el orden mundial basado en normas que repudia su actual sucesor en la Casa Blanca.
Fue en los Balcanes y en África central donde quedaron malheridas aquellas intenciones. Regresó la guerra al corazón de Europa, nadie pudo evitar la limpieza étnica y los genocidios, en Bosnia y también en Ruanda. Organizaciones y potencias del nuevo orden, la ONU, la OTAN, la UE y EE UU no bastaron para resolver en paz la disgregación de la Yugoslavia comunista, que se hundió de guerra en guerra y dejó heridas todavía por cicatrizar.
Fallaron los buenos propósitos. La OTAN bombardeó a Serbia sin mandato de Naciones Unidas, destruyó la Embajada china en Belgrado y nutrió el resentimiento en la Rusia de Yeltsin. Horas antes de que terminara el siglo Vladímir Putin ya mandaba en el Kremlin, después de resolver a sangre y fuego la segunda guerra de Chechenia, como un avance de la violencia de sus sucesivas guerras, desde Georgia hasta hoy mismo en Ucrania. En mitad de la década, el maestro de politólogos que fue Samuel Huntington anunció el choque de civilizaciones, premonitorio de las guerras culturales e identitarias del siglo XXI que en buena parte asomaban en aquellas contiendas eclipsadas por la neonata y eufórica globalización.
Todo lo que hoy existe ya brotaba entonces. En Italia, laboratorio europeo por excelencia, fue donde cayó primero el viejo sistema de partidos. Fue bajo el colosal escándalo de la corrupción sistemática de Tangentópolis. Apareció la Liga Norte y el mayor precursor del trumpismo, que fue Silvio Berlusconi, empresario televisivo y futbolístico, fundador de Forza Italia y primer ministro por primera vez en 1994. El nacionalpopulismo que hoy ocupa un lugar central daba así sus primeros pasos en el país de Maquiavelo y Mussolini. En América Latina replicaba por ambos lados ideológicos, con la izquierda bolivariana de Hugo Chávez que alcanzó el poder por las urnas en 1998 y por la derecha, al servicio de los ajustes capitalistas, con Menem en Argentina y al autoritario Fujimori en Perú.
En ningún lugar como en Oriente Próximo refulgió tan brillantemente la esperanza, al final efímera y amarga. Por primera vez israelíes y palestinos se sentaron a trabajar por la paz. Rabin y Arafat se dieron la mano ante Clinton en la Casa Blanca. Hubo reconocimiento mutuo, un Gobierno palestino e incluso elecciones. Pero Netanyahu ya trabajaba contra los acuerdos de Oslo y Rabin pagó con su vida sus esfuerzos de reconciliación a manos de un extremista judío. Los fracasos comenzaron antes de que empezara la violencia del nuevo siglo, con la segunda intifada, ya sin pausa en marcha hacia la actual catástrofe.
Entre tantas guerras limitadas, surgieron los tribunales internacionales para juzgar los crímenes contra la humanidad cometidos en la antigua Yugoslavia y en Ruanda. Y luego, inspirado en la jurisprudencia de los juicios de Núremberg contra el nazismo, cuajó incluso el Tribunal Penal Internacional para juzgar los genocidios, crímenes de guerra, de agresión y de lesa humanidad. La detención en 1998 de Augusto Pinochet en Londres, acusado por crímenes de lesa humanidad durante su dictadura, estableció el principio de la jurisdicción universal para que los jueces pudieran ordenar la detención de los sospechosos de este tipo de delitos aunque se hubieran cometido fuera de su ámbito judicial. Aquellas plegarias últimas del siglo eran excelentes, pero el siglo siguiente no iba a tardar en desatenderlas una detrás de otra.


























































